domingo, 25 de noviembre de 2007

Identidad Nacional, Reflexiones & Reacciones

BASADO EN ARGENTINA
Cada año era mayor el número de extranjeros que entraban al país, a partir de la década de 1880. En el censo nacional de 1895 se calcula que una de cada cuatro personas era extranjera y en el censo de 1914, una de cada tres.
En algunas zonas, como la ciudad de Buenos Aires, durante mucho tiempo, eran extranjeras una de cada dos personas. Consecuentemente, la proporción del aluvión inmigratorio frente a la población anterior, en esa época, en Argentina, es un hecho sin precedentes comparado con el caso de las demás naciones de inmigración.
Ante esta situación comenzaron a generarse opiniones contrarias y una alarmante sensación de invasión, de desintegración de la sociedad conocida hasta entonces.
Surge una nueva imagen del migrante, factor de extranjerización de la sociedad y disolución de lo nacional. Contribuye, sin duda, a la gestación de esta imagen, el hecho de que la mayoría de los extranjeros no se naturalizaba, conservando su nacionalidad de origen y transmitiéndola a los hijos.
Los países de emigración mantenían el jus sanguinis, a pesar de que el Estado argentino seguía aplicando el criterio de jus solis. Lo que preocupaba, sobretodo, era que los miembros de las élites extranjeras residentes, especialmente la italiana, conservaran vivas entre los radicados, la lengua nativa, la tradición y la historia, fomentando los vínculos de adhesión a la patria de origen.
El asunto afectaba a la plena soberanía de la Argentina como nación puesto que los residentes y sus hijos eran súbditos de sus naciones de origen. Ante ello, numerosos dirigentes concibieron medidas destinadas a afirmar la nación. Además del jus solis, se procuró cimentar la nacionalidad argentina para que los nacidos en el país fueran argentinos por ley y también por adhesión concreta a esta patria. Surgió un vasto movimiento de concepción y elaboración de la tradición patria, a cargo de instituciones oficiales y asociaciones privadas.
Para los estadistas y dirigentes, la nacionalidad constituía el factor de coherencia adecuado para una sociedad heterogénea por sus orígenes, sociedad en permanente transformación. No obstante, el concepto de nacionalidad no parecía ser el mismo para todos. Rápidamente, se comprobó que, si bien la mayoría sostenía que la nación era principalmente, un orden político soberano, al que todos podían incorporarse; otros aducían que la nación, además del orden legal constituía la manifestación de una singularidad cultural.
Estos dos conceptos con sus diferencias y matices, perduraron, manteniendo debates y polémicas inconclusos.
Como cabía esperar, el aluvión inmigratorio y el proceso migratorio como fenómenos sociales de considerable dimensión, inspiraron numerosas reflexiones y reacciones entre la élite intelectual. Alberdi, Mitre y Sarmiento, con variedad de matices y consideraciones atinentes al contexto, pensaron al inmigrante en su papel de civilizador forjando un país moderno, como colono agricultor o artesano industrioso.
En los años ochenta del siglo XIX, cuando el proyecto civilizador no parecía cumplir el cometido esperado, cuando una élite social teme por su predominio, Eugenio Cambaceres y Julian Martel discurren, a través de novelas naturalistas, sobre la inferioridad biológica y racial de la inmigración europea.
Para los positivistas como José Maria Ramos Mejia, los inmigrantes y sus descendientes serían de todas maneras integrados a través de la educación nacional.
Harto conocidos son los escritos del ensayista Ricardo Rojas y de Manuel Gálvez. En «La restauración nacionalista», el primero preconiza la enseñanza de la historia para inculcar la cultura indoamericana como base de nacionalidad; el segundo, al contrario pretende encontrar las raíces en la tradición hispano-católica.
Leopoldo Lugones, a su vez reivindica la tradición gauchesca como modelo de identidad nacional y raíz de origen. Contrapone a la inferioridad del inmigrante, la figura superior del gaucho; de lo que se trata es de elaborar una mitología nacional revalorizando el Martin Fierro de José Hernandez.
A su vez, dos ensayistas, hijos de inmigrantes como Martinez Estrada y Raúl Scalabrini Ortiz, tratan el tema de la desubicación del migrante entre dos mundos, el desarraigo como componente de la idiosincracia argentina.
La imagen del inmigrante entre las élites intelectuales argentinas, desde la famosa máxima de Alberdi hasta las primeras décadas del siglo XX, fue evolucionando. Del migrante percibido como instrumento civilizador se pasa a la imagen del migrante como elemento a ser civilizado por la sociedad argentina y sucesivamente, según el caso, a considerarlo como un factor social clave del éxito o del fracaso de la sociedad.
Resultaría difícil afirmar que se concretizó un «crisol de razas» en Argentina; este es un interrogante que sigue abierto. Más interesante sería plantear el debate alrededor del tema de sociedad multicultural donde coexisten memorias plurales que se entrecruzan para evitar que se reduzca la identidad del migrante a una identidad de origen, revisada y reelaborada por aquellos que le son ajenos.
Trascendiendo las problemáticas mas amplias de grupos étnicos, de sociedades de emisión y sociedades de recepción se trataran, en este número, diversos aspectos de la incidencia de las migraciones, huellas visibles e invisibles.

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